El estar listos para que los sustentos de la tierra se dieran de manera idónea y los plantíos crecieran sin ningún contratiempo, era una tarea que consistía en técnicas agrícolas y la encomienda a las deidades del maíz y otros granos que formaban parte de la alimentación básica de los mexicas.
Por principio de cuentas, habría que quemar los campos con el fin de externinar cualquier plaga subterránea, es decir, algunos gusanos e insectos que se comían las semillas, además de dejar una capa de cenizas que darían bienestar en nutrientes naturales a los campos.
A esta técnica le complementaban acciones como la fabricación de algunas terrazas y muros hechos, principalmente de pencas de maguey, que contribuían a retener la humedad y, por otro lado, detenían la erosión del suelo, evitando una siembra fallida y generando que la tierra fuera dócil para formar los surcos.
Tiempo después, a mano y en línea recta se depositaban las semillas y no solo se dejaba al clima que hiciera lo suyo en cuestiones de riego, sino que se formaban zanjas y canales que proveían de agua a los sembrados.
Todo esto se fusionaba con rituales a distintas entidades celestiales cuya divinidad bondadosa, compensarían con alimento el arduo trabajo de los campesinos prehispánicos que en aquellos tiempos carecían de la ayuda de ganado para llevar a cabo el arado.
Centéotl era el dios que ayudaba a que la mazorca de maíz se diera fuerte y madura, por su parte, Xochiquetzal era quien daba fertilidad a la tierra y ayudaba con sus atributos a que germinaran las semillas sin problemas. Otra diosa que contribuía al crecimiento del maíz era Chicomecóatl.
Su nombre significa Siete Serpiente y en ella recaí la responsabilidad de que la humanidad tuviera maíz en sus mesas y productos derivados de este que daban fortaleza física y espiritual a mujeres y hombres y que hasta hoy, dichos productos del maíz.
